PARROQUIA SAN SEBASTIÁN DE POZOBLANCO

lunes, 11 de julio de 2016

Entonces comprendí que tenía que alimentar mi fe, y que podía alimentar mi fe con la Eucaristía...

Lo primero que habrá hecho Fernando Santos, el veterano entre de la selección de Portugal, nada más levantarse, en este lunes de gloria para el fútbol portugués, es rezar y leer los textos de la Biblia que corresponden a la misa del día. Es su costumbre matinal desde 1994, cuando volvió a la práctica religiosa tras años alejado de la Iglesia.
No es un hombre que lo fíe todo a la gloria deportiva, que le llegó en plenitud este domingo cuando el sensacional disparo de Eder, a punto de concluir la prórroga, ganó para Portugal su primera Eurocopa derrotando en la final a la anfitriona Francia. Ingeniero electrónico, felizmente casado y padre de dos hijos, a sus 61 años tiene claro que "el fútbol no significa nada si lo comparamos con la paternidad, si lo comparamos con la amistad”Y eso que el fútbol ha sido siempre su profesión, primero como jugador de la primera división lusa y, sobre todo y donde de verdad ha destacado, como entrenador .
Se casó por la Iglesia, bautizó a sus hijos y los formó cristianamente, pero sin sentirse él personalmente cercano a Cristo. Algo que comenzó a cambiar precisamente cuando su hija mayor (hoy juez, fue una de las más jóvenes del país) empezó a prepararse para la Confirmación.

El paso sacramental de su hija le puso en contacto con un sacerdote, conversó con él, leyó algún libro que le prestó... y se dio cuenta de que no quería asistir al sacramento de la niña desde fuera. Tras muchos años de escasa práctica de la fe, empezó a ir a misa con su mujer, Guilhermina, pero no se sentía a gusto: "Veía a la gente acercarse a comulgar, y yo no iba..." Al cabo de un tiempo se confesó.
Aquel año de 1994 fue malo para él. Después de siete años entrenando al Estoril Praia, que había sido también su último equipo como jugador, fue despedido. Llevaba veinte años vinculado al club y fue un mazazo muy fuerte. Unos amigos que acudieron a su casa a consolarle le sugirieron aprovechar la ocasión para hacer un Cursillo de Cristiandad. Allí es donde su vida realmente cambió.
"Fui sobre todo para poner mi cabeza en orden... y de lo que me di cuenta es de que Cristo está vivo en cada uno de nosotros""Entonces comprendí que tenía que alimentar mi fe, y que podía alimentar mi fe con la Eucaristía". Empezó  a frecuentar aún más la misa y a comulgar con regularidad.
"El lugar donde me encuentro más a gusto para hablar con Él es el sagrario, porque Él está ahí", y allí le pide que él y los suyos "aumenten la fe, la esperanza y la caridad".
ReL

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