PARROQUIA SAN SEBASTIÁN DE POZOBLANCO

lunes, 19 de noviembre de 2018

Con Antonio Marino. "Los Pedroches vienen perdiendo unos quinientos habitantes anuales durante los últimos años. Es una tendencia insostenible"

A la derecha, Antonio Merino en la presentación de su libro "Añora y sus fiestas".
A raíz de una publicación referente a la despoblación en el Valle de los Pedroches, hemos planteado algunas preguntas sobre este tema a alguien que escribe con frecuencia manifestado este grave problema. 

Con Antonio Merino no compartimos la misma fe, y no vamos a estar de acuerdo en algunas de sus opiniones y reflexiones, pero eso no es impedimento para un diálogo constructivo y propiciar un debate sobre el tema en cuestión. 

1. Antes que nada ¿quién es Antonio Merino?

Soy un noriego al que le apasiona la cultura de Los Pedroches.

2. Desde hace varios años la población en Los Pedroches no deja de descender. Según los datos que manejas de nuestra comarca ¿qué futuro nos aguarda? 

No es un problema exclusivo de Los Pedroches, sino del mundo rural en general. La población tiende a agruparse en las grandes ciudades y en algunas zonas geográficas muy concretas. El futuro es imposible de prever, pero, de seguir esta tendencia, se agudizarán algunos de los problemas que ya se manifiestan: menos servicios públicos de sanidad y educación, necesidad para los jóvenes de emigrar ante la falta de oportunidades laborales, envejecimiento profundo de la población… No es arriesgado aventurar que algunos pueblos acabarán despoblándose por completo en pocas décadas. Los Pedroches vienen perdiendo unos quinientos habitantes anuales durante los últimos años. Es una tendencia insostenible.

Para todos los que trabajamos en el anuncio del Evangelio nos vendrá muy bien escuchar esta homilía del Papa.



“La fe es una cuestión de encuentro, no de teoría. Entonces, lo que será eficaz es nuestro testimonio de vida, no nuestros sermones”. Homilía del Papa Francisco sobre el encuentro de Jesús con el ciego de Jericó.  Eucaristía de conclusión del Sínodo de los jóvenes. 

Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús el Nazareno».

Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».

Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «Hijo de David, ten compasión de mí!».

Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.

Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?».

Él dijo: «Señor, que recobre la vista».

Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado».

Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios. (Lc 18,35-43)

domingo, 18 de noviembre de 2018

Paternidad responsable es también abrirse a la vida para garantizar el relevo generacional y un mejor futuro para todos. Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (III)

Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (I)

Habría que comenzar a pensar de otra manera sobre la vida, a valorar la maternidad y la paternidad. Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (II)
     
... Ha sido en este marco social en el que mi marido y yo hemos vivido nuestros jóvenes años de matrimonio. Y en cuanto a la paternidad-maternidad se refiere lo hemos hecho a contracorriente. Muchos me dijeron que éramos como “conejillos”, por decirlo del modo más delicado. Pero no, ni nosotros ni otras muchas parejas que conozco hemos sido conejillos sin libre albedrío, animalillos que cuando están en celo no saben hacer otra cosa. Tampoco nuestros embarazos duran un mes, -¡mira tú qué pena!- y a los pocos minutos de dar a luz no nos “apareamos” como les ocurre a ellos, no.  Nuestras uniones, así como las de otras muchas parejas que conozco, han sido por amor, es así como expresamos nuestra intención de donarnos completamente, y de donarnos siempre, no a cachitos, no sólo en el lecho. 

jueves, 15 de noviembre de 2018

Habría que comenzar a pensar de otra manera sobre la vida, a valorar la maternidad y la paternidad. Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (II)

Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (I)

 ... De este modo nos hemos encontrado diferentes realidades: unos jóvenes que delegan el cuidado de sus hijos en los abuelos, porque las jornadas de trabajo son incompatibles con el mismo, otros declaran no estar dispuestos a tener hijos que se críen en guarderías y sean formados por unos “terceros”, algunos, descreídos totalmente de las bondades de este mundo nuestro, afirman no desear traer hijos a él, y están también los más esperanzados, que aguardan “mejores tiempos” con el consabido miedo a que se les “pase el arroz”.
     
   Ante esta situación, pienso yo, que debería de producirse no sólo un cambio en las políticas familiares –si es que estas existen- sino fundamentalmente cultural. En una sociedad envejecida, habría que comenzar a pensar de otra manera sobre la vida, a valorar la maternidad y la paternidad, no sólo como objeto de satisfacción personal en el seno de la familia, sino como un bien social y económico para todos. Y en consecuencia optar por las mejores políticas de conciliación: las orientadas a lograr la flexibilización horaria, el trabajo no presencial, al menos durante algunas horas de la semana; y, sobre todo, las dirigidas a facilitar a los jóvenes trabajos remunerados con salarios dignos, que les permitan formar su propia familia, y con una cierta estabilidad laboral que les favorezca también asumir responsabilidades familiares a largo plazo, como es el tener hijos. 

     Pero la persona humana lo es en más dimensiones que la social o la económica. También se mueve a niveles más sensibles, entre los que pueden estar los relacionados con su intelecto, su psicología, sus creencias religiosas… Han corrido unos siglos en los que todos estos espacios de la vida de los hombres y mujeres han sufrido, diría yo, como una mutación. De manera que, en general, hoy no se piensa como hace unos siglos, también ha habido quién se ha encargado de modificar nuestra psique  -aunque con menos resultado que en el intelecto, pienso-, y en lo que a la fe cristiana se refiere, hemos asistido a la descristianización de Europa. Y así ese “creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” del libro del Génesis, o el sentimiento de tener hijos, no sólo para vivir esta vida, sino con miras a la eternidad,  son ideas consideradas obsoletas y más bien rancias hoy día. Como lo es la idea de sufrir el sacrificio inherente a la maternidad o paternidad, que parece ser de lo más arcaico, pues nuestra cultura actual ha borrado del diccionario, entre otros, los vocablos sufrimiento, sacrificio, esfuerzo… Y así, muchas personas han optado por tener menos hijos, para así, mantener un mejor nivel de vida y una existencia más cómoda.

     Concretamente en nuestro país nada –salvo tal vez la Iglesia- parece haber estado orientado a favorecer la natalidad, sino a su control. Llevamos décadas asistiendo a un cine que presenta familias con muy pocos hijos y nuestra televisión, así mismo, nos ha publicitado cualquier producto utilizando familias con uno o dos hijos – aunque ya, tímidamente,  y tras contemplar las orejas del lobo, va apareciendo alguno más-. Si nos detenemos en la educación, yo he sido testigo de cómo los libros de texto de los niños presentaban familias con un número de hijos reducidísimo: uno o a lo sumo dos -“la parejita” que solemos decir-. En medicina, mientras se abrían los consultorios para ayudar a las parejas que habían decidido limitar su procreación, con un control de natalidad efectivo, a las personas que habían optado por no restringirla, e incluso habían resuelto tener una gran descendencia se les trataba como irresponsables.

     A mi modo de entender, una generación que no transmite vida es una generación sin esperanza, sin compromiso con el resto de conciudadanos y con los que han de venir. En mi opinión, una sociedad muy pobre, pues frente a una cultura donde la vida no esté ya presente solo puede existir una cultura donde se mastique la presencia de la muerte, y esa es la que sufrimos actualmente.

     No obstante todo lo mencionado, yo no creo que se trate de un proceso irreversible, ni mucho menos. Si las políticas públicas cambian, si la prioridad es fomentar políticas de conciliación entre vida laboral y vida doméstica, la ética laboral y antinatalista de los jóvenes y de la sociedad pueden ser reversibles. Así lo espero, sobretodo porque soy consciente de que nuestros jóvenes están muy bien formados, sienten el deseo de tener descendencia y reconocen que el mayor bien que aporta un hijo lo hace a sus padres. 

     Y ya puesta a manifestar mis opiniones, relataré también la que ha sido mi experiencia de apertura a esa aventura increíble que es la transmisión de la vida. Y lo haré como madre de 7 hijos nacidos –más otros cuatro que no llegaron a nacer y a los que recuerdo casi todos los días-, y abuela de cinco preciosos nietos... (Será en la próxima entrada) 

M Carmen Fernández Fernández 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Una reflexión, con serenidad y con tiempo, sobre el descenso de la natalidad (I)

 
En la Parroquia, una fiesta familiar.
Plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo son frases hechas que van camino de desaparecer si de describir el ciclo vital en España se trata. Pienso que prácticamente todos los que rondamos los sesenta años hemos sido testigos de cómo, en las últimas décadas, ha ido descendiendo el índice de natalidad en nuestros pueblos así como en nuestro país. Así, la mayoría de nosotros hemos podido constatar que nuestros abuelos tuvieron, en general, más hijos que nuestros padres, éstos más que nosotros y hoy, nos enfrentamos a la llamada generación sin hijos,  con los consiguientes problemas económicos y sociales que ello conlleva. Y es que “las políticas públicas actuales obligan a nuestros hijos a elegir entre tener un trabajo o tener un hijo”. Esto es lo que advierte la especialista en políticas familiares María Teresa López en un estudio reciente: Trabajo remunerado y vida familiar en la generación del Milenio: un equilibrio necesario. 


  Es ésta una situación que me inquieta considerablemente, pues cualquier ciudadano o ciudadana a quién le interese el futuro de su país, de las nuevas generaciones -entre las que se encuentran nuestros hijos y nietos- entiende la obligación contraída de transmitir nuestro legado en mejores condiciones que lo hemos recibido de nuestros padres. Y la realidad nos indica que esto no va a ser así.

   Pero al margen de este desasosiego personal, he de decir que existe realmente una preocupación por este tema. Economistas y sociólogos valoran la negatividad de que cada vez vengan menos niños a nuestro mundo. Los primeros pretenden hacernos entender que un sistema económico como el que disfrutamos en nuestro país tiende a desaparecer, desde el momento en que el llamado esquema económico de pirámide se está invirtiendo a pasos agigantados. Si lo satisfactorio es que los trabajadores activos lo sean en más número que los pasivos, estamos viendo cómo ha cambiado la situación, y en breve habrá más cantidad de jubilados que de ciudadanos trabajando, lo que provocará una situación económica insostenible, al menos según el modelo vigente. Nuestros jóvenes ya casi dan por sentado que no disfrutarán de una jubilación decente cuando termine su vida laboral activa, porque no habrá quién la sustente. 

   Siendo este un tema tan candente, hay muchos que sostienen que la falta de natalidad en nuestros jóvenes es una realidad que hunde sus raíces en un problema de políticas económicas, y lo atribuyen a la falta de mercado de trabajo o de la estabilidad en el mismo. El 25% de la población española, los nacidos entre 1980 y 2000, están renunciando a ser padres por dificultades económicas o laborales. Son muchas las mujeres jóvenes que se enfrentan a entrevistas de trabajo en las que se les pregunta si piensan quedarse embarazadas, lo que les hace pensar que desaparecerán del mapa laboral si tienen un hijo y disfrutan de su asociada baja laboral. Declaran que les hacen elegir. Realmente hay un problema de horarios y de conciliación y las que deciden ser madres manifiestan que se sienten juzgadas.

   De otra parte está el aspecto sociológico. El colectivo femenino ha desarrollado históricamente este rol desde las épocas de las cavernas, cuando el hombre salía a cazar y la mujer se quedaba en la cueva cuidando a los hijos o recolectando bayas. La razón de esta división del trabajo se debió a la capacidad que cada uno tenía mejor desarrollada. El hombre, al ser físicamente más fuerte, era el encargado del trabajo físico y la mujer, al ser biológicamente la portadora por 9 meses de los hijos, debía mantener una vida tranquila. Por eso, en las sociedades más tradicionales, la mujer sigue encargándose del cuidado de los hijos en casa. Pero la figura femenina ha venido cambiando, igual que cambian otros aspectos de la cultura. Por ejemplo, el derecho al voto permitió el acceso de la mujer a la política y a la incidencia que puede tener en el Estado. Otro cambio importante se vio claramente en la Segunda Guerra Mundial pues cuando los países debieron enviar a sus hombres a la guerra, los trabajos que anteriormente desempeñaban éstos, fueron ejecutados por las mujeres. Así, ellas pudieron acceder a trabajos que tradicionalmente no desempeñaban y demostraron su capacidad de realizarlos.

  Son muchos los sociólogos que coinciden en que esta problemática comienza cuando la mujer sale de su entorno, la casa, y se dedica a realizar otro tipo de trabajos, y piensan, así mismo, que el acceso a este mercado en las últimas tres décadas en España ha sido mucho más rápido que en muchos otros países europeos. Por ejemplo, las mujeres treintañeras no trabajaron fuera de sus hogares hasta los años 80. El salto es enorme: se pasa de la inserción del 30% de mujeres en el mundo laboral en 1980 a un 85% en 2012. Este cambio tan rápido dificulta que las mujeres encuentren el momento de formar una familia, especialmente dada la incertidumbre económica del sur de Europa.

  Hay quienes hablan de otro aspecto a destacar, y que marca mucho la realidad en nuestro país,  que consiste en que nuestras parejas masculinas no están a la altura de sus homólogos en el norte de Europa, en lo que respecta al cuidado de la casa y de los hijos. Las expectativas de las mujeres respecto a los hombres han crecido, pero ellos no han cambiado tan rápido como ellas. 
Pero, aun teniendo en cuenta cierta implicación de los hombres en los trabajos del hogar, las políticas familiares de conciliación de la vida laboral con la familiar han brillado por su ausencia. Y si un gobierno no contempla la dimensión de futuro de un país, sería -pienso- demasiado pedir que lo hicieran los ciudadanos de a pie, para quienes, por otro lado, su mayor ocupación consiste en buscar y mantener un empleo que les permita, a ellos y a los suyos, llevar una vida lo más digna posible.

  A mi entender, probablemente no podamos hacer responsable de esta bajada de natalidad a un solo factor de los mencionados. Tal vez se haya producido una mezcla de todo: el rápido ingreso laboral de la mujer ha sido un factor determinante de la tendencia de las nuevas generaciones a no tener hijos, pero a esto hay que añadir que esto se ha desarrollado en tiempos de inseguridad laboral, con nulos o escasos ajustes por parte de las políticas públicas de familia y por la ausencia o insuficiencia de apoyo por parte de los hombres hacia las mujeres en los hogares. 
(Continuará en próximas entradas) 

M Carmen Fernández Fernández (madre de 7 hijos)

viernes, 9 de noviembre de 2018

Sueño cumplido. Un camino de 8 días y 981 kilómetros hasta Santiago de Compostela.


En la Plaza del Obradoiro, enfrente de la Catedral de Santiago de Compostela. Emocionado, satisfecho, contento por haber superado los obstáculos y el cansancio propios del Camino; una experiencia única para Faustino. Un camino que ha durado 8 día con 981 kilómetros en las piernas.